En una de las escenas finales de la película, después de que la protagonista ha sido violada, su amigo (al que ella le había gritado “¡Maricón!” unos minutos después de conocerlo) la reconforta y termina diciendo “La próxima relájate y disfruta, ya quisiera uno”. Ella le responde con un abrazo y un desconcertante “Gracias”. Desconcertante para quienes intentamos encontrarle sentido a una película que se esmeraba tanto por evitarlo.
La Vida “Era” En Serio se enorgullece de las comillas que engalanan su “Era” sin sentido alguno. ¿”Era” porque en verdad no “era” sino que “es”? Da igual. Y así, desde su título anuncia el derroche de sinsentidos que agobiarán a quien haya pagado por verla y se debata entre quedarse y hacer valer la plata, o salirse e invertir el tiempo en algo más productivo, es decir, cualquier otra cosa.
La película —parece un insulto al término “película” llamarla así— “narra” la “historia” de una ejecutiva bogotana que está cansada con su vida: debe encargarse de la parte económica de su hogar y estar pendiente de su esposo y sus hijos. No es una vida miserable la que lleva la pobre ejecutiva, tiene una empleada a la que trata sin mucha consideración, se hace uno que otro masaje, y sus hijos le piden que les ayude con sus tareas. Pero, ¿qué tareas? ¡De triglicéridos! ¡Y en inglés! No niego que merecía más consideración, pero tampoco es la mártir de nuestros tiempos.
Mamada de su vida, la pobre ejecutiva ve cómo su amiga del trabajo se encama a una multitud de tipos (o “dates”), entre ellos uno que “podría ser camionero”, o algo así. Hasta que un día lo decide. “O soy o ya no fui”. ¿Ser qué? se preguntará el espectador. Pues ser “¡PERRA!” (eso llega a gritar en un momento refiriéndose a su amiga). No está claro, pero da la sensación en un momento de que quiere ser prepago.

Este bastardo osa a dejarme la mitad del jugo, tendré que ponerle los cachos.
El que decida no salirse y se quede esperando mejorías, encontrará momentos en los que parecerá que la película irá por buen rumbo, pero sus ilusiones serán destrozadas con suma facilidad. Si la película fuera mala, y ya, seguro podría tomarse con algo de gracia, serviría —como muchas otras en la historia del cine— como material para la burla de los cinéfilos cazadores de mediocridad. Pero no sólo es mala, sus diálogos son despectivos y anacrónicos, sus personajes detestables y su ética inexistente.
Parece un ejercicio hecho por snobs bogotanos sin mente para snobs bogotanos sin mente. Este tipo de productos debería suscitar un debate sobre el Fondo Para el Desarrollo Cinematográfico (FDC) y a quién se le está dando el dinero. ¿Es esto lo mejor que puede ofrecer el cine colombiano? ¿En verdad es este proyecto merecedor del dinero? ¿Es mejor que los otros productos que estaban en concurso? Si es así, qué lástima por el cine colombiano. Pero, ¿y si no? ¿Tendrá algo que ver que la directora de la película sea asesora en la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura y asesora del FDC? No estoy en posición de hacer ningún tipo de acusaciones, pero quedan preguntas.
Después de todo, no cabe duda de que esta película es uno de los mayores desaciertos del cine colombiano en los últimos años. Es, en una palabra, un “bodrio”. Pero sin comillas.
Puntaje: 1/10
Nota al pie 1: Si quieren ver a una mujer colombiana en crisis sin tanto alboroto y con mucha más credibilidad, les recomiendo ver a Karen.
